En este momento estás viendo Marisol y el pingüino que no era pingüino
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Marisol volvió a Santiago en marzo.

La ciudad era ruido. La ciudad era calor.

En su pieza, en la casa de su abuela Inés, el ventilador giraba y giraba y no alcanzaba. Marisol se sentía sofocada, apretada dentro de su propia piel, como si la ropa le quedara chica.

— Es el verano que se despide, Marisol — decía la abuela Inés, abanicándola con una revista. — Ya te vas a acostumbrar.

Pero Marisol no quería acostumbrarse.

En el colegio nuevo todo era demasiado rápido. Las niñas hablaban muy fuerte, se reían de cosas que ella no entendía. En el patio, el sol pegaba en el cemento y el aire olía a fritura y a escape de micro.

Ella cerraba los ojos y extrañaba otra cosa: el silencio blanco de la Antártica. El crujir de la nieve bajo las botas. Sus amigos los pingüinos de Villa Las Estrellas, que caminaban apurados como señores atrasados a una reunión. Allá, en el fin del mundo, todo tenía sentido.

— Abuela, yo no quiero ser bailarina — le dijo una tarde.

La abuela Inés la había inscrito en ballet. «Tienes porte, tienes gracia, podrías ser bailarina», le decía.

— Yo quiero ser exploradora. Quiero volver a Villa Las Estrellas. Quiero medir el viento.

La abuela la abrazó. No discutió. Solo le dijo: «Las exploradoras también bailan para no perderse».

A la salida del colegio, empezó a seguirla un gato.

Era callejero, flaco, gris con manchas amarillas, con una oreja doblada y la cola sucia.

Marisol lo espantó.

— ¡Fuera! — le gritó. — ¡Tú no eres un pingüino!

El gato se quedó mirándola y se sentó.

Al día siguiente, otra vez. En la esquina del almacén. Marisol lo ignoró. Ella estaba triste. Extrañaba tanto que le dolía el pecho.

El tercer día, el gato la esperó en la puerta de la casa de la abuela Inés. Maulló. Tenía los ojos verdes, muy verdes.

— Que no. Que tú no eres mi amigo.

Esa tarde, la abuela la llevó al Parque Bicentenario para que se despejara. Marisol iba cabizbaja, pateando piedras, con el gato siguiéndola a lo lejos, como una sombra.

Y entonces levantó la vista.

Al final de la avenida, enorme, blanca, imposible, estaba la Cordillera. Nevada entera. Brillando con el sol de la tarde.

Marisol se quedó quieta. Por primera vez en semanas, respiró.

Era nieve. Era su nieve. No estaba tan lejos.

El gato, que había corrido, se subió al muro y se sentó justo delante de la Cordillera. Y por la forma en que se sentó, con el pecho inflado, con las patitas juntas, con esa torpeza elegante…

Marisol se rió. Una risa fuerte que no había tenido en meses.

— ¡Te paraste como un pingüino!

El gato la miró ofendido. Y se cayó de lado.

Y ahí entendió algo inesperado: el gato no quería ser su pingüino. El gato quería enseñarle que Santiago también se podía explorar.

Que había montañas que eran glaciares. Que había plazas que eran bases antárticas. Que había animales raros y sucios y hermosos que también necesitaban que alguien los mirara con ojos de exploradora.

Marisol se agachó y por primera vez lo tocó. Estaba tibio.

— Está bien — le dijo. — Si quieres, puedes ser mi primer descubrimiento en esta expedición. Te voy a poner Pingüino.

Pingüino ronroneó.

Y esa noche, en su cuaderno de exploradora, Marisol escribió:

Día 1 en Santiago: El clima sofoca. El colegio es extraño. Pero he visto la Cordillera y es mi Antártica. He encontrado una nueva especie. No es un pingüino, pero camina como uno. La abuela Inés tiene razón: las exploradoras también bailan. Mañana bailaré con Pingüino.