Marisol y el nido de piedras
En la Antártica, Marisol aprendió algo que no le habían enseñado en el colegio:
Los pingüinos tienen una sola pareja para toda la vida.
El pingüino Papá y la pingüina Mamá se eligen una vez, y se quedan.
Si uno se pierde en el mar, el otro lo espera. Y cuando vuelve, se reconocen por el canto, aunque haya mil pingüinos alrededor.
Marisol los miraba desde lejos para no molestar.
Eran dos pingüinos Papúa, chiquititos.
Habían hecho su nido. No con ramas, porque en la Antártica no hay árboles. Con piedras.
Piedra por piedra. Una, y otra, y otra. El papá robaba una piedra del nido del vecino y la mamá lo retaba. Marisol se reía.
En medio de las piedras, había un huevo. Uno solo. Blanco, manchado.
Estaban esperando un hijo.
Y Marisol decidió que su trabajo era cuidarlos.
— Yo los cuido de los pájaros — dijo.
Porque arriba, siempre, volaban los pájaros malos, los pájaros depredadores, los Albatros y Cormoranes con pico filoso, esperando robar un huevo solo un segundo.
Marisol se sentaba cerca, con su parka roja, quieta como otra piedra. Y cuando un pájaro se acercaba demasiado, levantaba su bufanda y lo espantaba.
— ¡No! ¡Este no! ¡Fuera!
Los pingüinos al principio se asustaban de ella. Después no. Entendieron que esa niña grande era parte del nido.
La mamá Pingüina se quedaba empollando, con el huevo bajo su panza caliente, horas y horas, sin moverse, con nieve encima. El papá iba al mar a buscar comida y volvía.
Marisol los amaba profundamente. Porque eran fieles. Porque se turnaban. Porque ninguno se iba para siempre.
Un día, mientras el viento sonaba muy fuerte, Marisol le habló bajito al huevo:
— Ojalá mis papás fueran como los tuyos. Que se esperen. Que cuiden el nido. Que no se roben las piedras del otro.
El huevo no respondió, claro. Pero la mamá pingüina la miró con sus ojitos negros y le cantó. Un canto cortito.
Y Marisol entendió.
Se sacó del bolsillo dos piedras que había pulido en Santiago. Una lisa, gris, que era su mamá. Otra negrita, brillante, que era su papá. Las puso, con mucho cuidado, al borde del nido.
— Para que no les falten — dijo.
Esa noche, en su diario, escribió:
«Hoy cuidé un nido de piedras. Y el nido me cuidó a mí.»
A los pocos días, el huevo se empezó a mover. Craaaac.
Y Marisol, la amiga de los pingüinos, fue la primera en ver al hijo.
